El amor propio: más allá de cursilerías y del consumismo innegable alrededor del Día del Amor y la Amistad.

Esta fecha tiene un lado del que poco hemos hablado, la importancia del amor propio como principio fundamental para poder ser amados y valorados.

Debatir si el Día del Amor y la Amistad o Día de San Valentín es cursi o no, incluso debatir si el 14 de febrero es una fecha que representa meramente el consumismo al que la mayoría de las personas nos vemos obligadas a ceder en el afán de “demostrar” nuestro cariño o nuestro amor a la persona amada, es una discusión que no nos lleva a ningún lado, todo es cuestión de perspectivas y de formas de ver la vida, habrá para quienes esta fecha represente ilusión y felicidad, y habrá para quienes la simple fecha le resulte cursi y sin sentido, la realidad es que nadie está mal o equivocado, como reza el dicho popular “cada quien cuenta como le fue en la feria”.

Sin embargo, hay algo que mucho tiene que ver con lo anterior y de lo que poco reflexionamos. Los seres humanos tenemos necesidades físicas y espirituales, la más importante de estas últimas estoy seguro que tiene que ver con la necesidad de sentirnos amados, ¡y no lo digo yo, lo dicen los expertos!; si no logramos o si sentimos que no logramos este objetivo tendemos a sentirnos tristes, deprimirnos y en casos extremos pueden llevarnos a consecuencias mucho más serias.

¿Recuerdan el 14 de febrero mientras cursaban la primaria o la secundaria? A todos nos importaba si recibíamos una carta de un amigo, un dulce de la niña o el niño que nos gustaba y, en la mayoría de los casos buscábamos agradar y hacer saber nuestro cariño a quienes nos importaban; el temor de no recibir una carta, un recado o un dulce siempre estaba ahí, quienes digan que esto no es cierto, muy probablemente mienten. Lo mismo nos pasa cuando nos convertimos en adultos, simplemente que en esta etapa de nuestra vida hemos aprendido ya a esconder nuestros sentimientos y susceptibilidades, disfrazándolas muchas veces de insensibilidad, indiferencia o enojo.

Desde pequeños nos enseñan a demostrar nuestro afecto y nuestro amor a nuestras amistades, a nuestros padres, a nuestros hermanos, nos exigen incluso demostrar afecto a nuestros familiares, ¿quién no se acuerda de cuando nos obligaban a saludar al tío/tía que únicamente veíamos en las navidades como si fuera una persona a la que quisiéramos mucho? Sin embargo, ¿alguna vez nos enseñaron primero amarnos a nosotros mismos para posteriormente poder demostrar afecto a los demás?, habrá quienes si hayan tenido la fortuna de ser educados en ese sentido, pero definitivamente son los menos.

Si tú, como casi la mayoría de nosotros durante su niñez no fue instruido en el arte de amarse a sí mismo, debes saber que no fue nuestra culpa el que no nos hallan advertido acerca de la importancia de ello, sin embargo, como adultos si es nuestra responsabilidad entender que, en la sociedad de la que formamos parte si fuimos adoctrinados para no amarnos a nosotros mismos, aprendimos a que si nos expresábamos bien de nosotros mismos y valorábamos alguna cualidad que veíamos en nosotros éramos tachados de arrogantes y presumidos, por lo que aprendimos desde pequeños que lo políticamente correcto en esta sociedad es esconder nuestro amor propio y denostar nuestras cualidades o logros.

Cuando alguien nos halaga, por ejemplo, nuestra forma de vestir solemos decir: “¿Cómo crees?, si hoy y apenas me dio tiempo de arreglarme, me veo gordo/gorda”; si alguien nos halaga nuestra forma de escribir solemos decir “¿Cómo crees? No soy tan talentoso”. Aprendimos que dejar la modestia aparte, nos puede conllevar a ser tildados de presumidos, de engreídos y podemos incluso ganar enemistades, cuando en realidad, el reconocer nuestras virtudes y amarlas no nos convierte en eso, pero el hacerlo si nos podría brindar la oportunidad de “creérnosla” y desarrollar nuestros talentos de formas más importantes.

Aprendimos desde niños que el hacernos menos nos hace ganar la simpatía y el aprecio de los demás mediante frases como: “Que humilde es Daniel”, “Andrea nunca ha perdido piso, sigue siendo tan modesta como desde el inicio”, “¡Que educada es Fer! Siempre ha estado consciente del lugar que le corresponde”. Todas estas son frases que se disfrazan de halago y reconocimiento, cuando en el fondo significan que no hemos aprendido a amarnos, a darnos la valía que realmente tenemos y a “creérnosla”, al final nuestra mala propaganda propiciada por nosotros mismos dio frutos.

El autocriticarse en el afán de obtener la validación de los demás logra en nosotros que perdamos a lo largo de nuestra vida la habilidad de ser y sentirnos queridos y valorados, sin darnos cuenta de que esa mala propaganda de nosotros mismos hacia nosotros mismos se convirtió en realidad, gracias única y exclusivamente a… ¡sí!, acertaron, a nosotros mismos.

Hay que aprender a caernos bien nosotros mismos para caerle bien a los demás, hay que aprender a gustarnos a nosotros mismos para poder gustarle a los demás, hay que ser nuestros principales promotores y no nuestros principales detractores, hay que aprender a recibir cumplidos, a recibir regalos y reconocimientos, hay que atrevernos a mostrarnos ante los demás tal cual como somos, sin temor de ser rechazados, entre más auténticos seamos más fácil será que alguien pueda voltear y valorar nuestro verdadero yo. ¡Todos lo sabemos!, las personas auténticas ¡nos caen bien!, las personas que no se esfuerzan por caernos bien, ¡nos caen bien!; sin embargo, las personas falsas, ¡nos caen mal!, las personas que mienten ¡nos caen mal! Apliquemos estos criterios básicos para nosotros mismos y muchas cosas van a cambiar en nuestras relaciones interpersonales.

Deseo que el próximo 14 de febrero todos sepamos y aprendamos a valorarnos, a amarnos y a “creérnosla” como nos lo merecemos, solo así podremos lograr el afecto proveniente del exterior que tanto hemos buscado a lo largo de nuestras vidas. Daniel Alejandro Acosta Aguirre.